AURA · PORTAFOLIO

Fotografía

En Convergentiae trabajo un punto donde la fotografía deja de ser un registro del mundo para convertirse en un espacio de fricción entre dos órdenes que coexisten en toda experiencia humana: el plano material —cuerpos, calles, objetos, superficies— y el plano inmaterial que conforman pensamientos, memorias, afectos y tensiones internas. Ninguno de los dos se impone sobre el otro; sencillamente se intersectan.

No me interesa ilustrar lo visible ni traducir lo invisible. Me interesa el lugar donde ambos se contaminan, donde lo físico pierde estabilidad y lo intangible encuentra un modo de inscribirse en la imagen. Esa inscripción no es alegórica ni simbólica: es perceptual. Se manifiesta como desplazamiento, distorsión, doble exposición, borradura o exceso.

En mi obra la forma nunca está fija: siempre está en tránsito. La fotografía, incluso en su aparente quietud, se vuelve un campo donde dos temporalidades chocan: el tiempo externo de la materia y el tiempo interno que opera en la conciencia. Cada imagen piensa desde esa tensión.

En Convergentiae , la figura humana aparece como presencia y como resto; el cuerpo no se ofrece como identidad cerrada, sino como superficie atravesada por fuerzas que no siempre son visibles pero que actúan. La ciudad, el paisaje, los objetos y los gestos tampoco se mantienen estables: se abren, se dislocan, respiran otras capas que los acompañan.

Las interferencias —manchas, luces errantes, líneas que irrumpen en direcciones improbables— no son accidentes formales. Son el modo en que lo inmaterial —memoria, intuición, pensamiento, tensión emocional— se vuelve materia fotográfica sin adoptar forma figurativa.

No trabajo desde la representación; trabajo desde la permeabilidad. Desde la capacidad de la imagen para sostener simultáneamente dos realidades que rara vez se observan juntas. Allí radica la raíz ontológica de esta serie: la fotografía no capta un mundo y luego lo interpreta; la fotografía es el lugar donde el mundo material y el mundo interno negocian su aparición.

Las imágenes no buscan resolver esa dualidad, porque no es resoluble. Lo que hacen es mostrarla operando, en su estado puro: el cuerpo que se desplaza mientras piensa, la calle que vibra con lo que no está, el rostro que se fragmenta en la misma medida que se afirma, la luz que interrumpe la forma en el mismo acto en que la sostiene.

Convergentiae es la exploración de esa simultaneidad. La obra piensa desde el límite —ese borde donde lo tangible comienza a aflojarse y donde lo inmaterial encuentra un modo de hacerse visible sin convertirse en figura. Trabajo allí, en ese punto exacto donde la percepción deja de ser un acto inmediato y se vuelve una operación compleja entre capas, tiempos y tensiones que se afectan mutuamente.

No busco revelar un “más allá”, sino mostrar el entre. Ese lugar donde la realidad, tal como la habitamos, es siempre el resultado de dos fuerzas que coexisten —una que pesa y otra que pulsa— y que solo encuentran un lenguaje común al interior de la imagen.

En Náufragos no me acerco a la locura como a un objeto estable que pueda describirse, sino como a una oscilación: algo que se afirma y se deshace, que se manifiesta solo en los instantes en que la imagen permite que lo indecible aflore. Lo que fotografío no es la “locura” como categoría, sino la forma en que ciertas presencias quedan suspendidas entre una exterioridad que pretende nombrarlas y una vida interior que desborda cualquier clasificación.

En Ventanas Espejo trabajo la tensión entre mirar y ser mirada. La ventana deja de ser un marco arquitectónico neutro para convertirse en una superficie donde interior y exterior se contaminan.

El vidrio refleja, distorsiona, fragmenta; nunca devuelve una imagen limpia. Cada fotografía funciona como una capa doble: lo que ocurre afuera se mezcla con restos de lo que permanece adentro —memoria, afecto, pensamiento.

No hay un “yo” fijo frente a la ventana, hay una oscilación continua entre ser quien observa y ser aquello que el reflejo devuelve. La serie explora esa zona inestable de la percepción donde la identidad se vuelve tránsito entre capas superpuestas.

Río Arno es una pieza concebida como un solo desplazamiento visual. Más que una vista panorámica, funciona como un tramo de conciencia en movimiento: la ciudad, el agua y la luz se encadenan en una única respiración extendida.

La longitud de la imagen obliga a recorrerla, a aceptar que ninguna posición ofrece un punto de vista total. El río no es fondo ni escenario; es el eje temporal que sostiene la mirada mientras todo lo demás —puentes, fachadas, reflejos— se reorganiza alrededor de su flujo.

AURA

Articuladora de Mundos

AURA · MANIFIESTO
El acto artístico ha perdido su intensidad, su huracanada fuerza para parir pensamiento y desplegar percepciones que hagan emerger el mundo desde el útero vital de la obra. El acto artístico ha perdido su intensidad, su huracanada fuerza para parir pensamiento y desplegar percepciones que hagan emerger el mundo desde el útero vital de la obra.
AURA © 2026 Todos los derechos reservados Sitio diseñado y realizado por AURA