Videoarte
En mi práctica de videoarte, la imagen adquiere una existencia temporal que desborda el instante del que procede. Aquello que alguna vez compareció ante la cámara ingresa, mediante el montaje, en una duración nueva, donde su sentido comienza a depender de las relaciones que establece con otras imágenes y de los intervalos que las aproximan o las separan. Cada aparición modifica la percepción de la anterior y permanece, a su vez, expuesta a cuanto vendrá después; la imagen se desprende así de la clausura del instante y encuentra en la sucesión posibilidades de significación que emergen únicamente a través del tiempo.
El montaje constituye el principio articulador de este desplazamiento. Fotografías, cuerpos, sonidos y palabras son sometidos a ritmos, retornos, interrupciones y superposiciones que alteran las coordenadas de su procedencia y establecen correspondencias entre instantes originalmente separados. Un cuerpo puede atravesar espacios que jamás recorrió, un gesto prolongarse más allá de su ejecución, una figura reaparecer dentro de temporalidades diferentes. Lo registrado conserva la huella de aquello que aconteció, aunque sus relaciones han sido reorganizadas y pertenecen ahora a una configuración construida por la obra.
La repetición introduce otra posibilidad dentro de esta elaboración temporal. La reiteración que organiza gran parte de la vida cotidiana produce habituación y, con ella, una progresiva disminución de nuestra atención hacia gestos y conductas cuya recurrencia termina por conferirles apariencia de normalidad. El montaje puede intervenir precisamente en ese proceso: extrae un fragmento de la continuidad que lo había vuelto inadvertido, lo aísla y reproduce deliberadamente su recurrencia hasta convertir en objeto de percepción aquello que la costumbre había sustraído a la conciencia. La repetición construida por la obra actúa entonces sobre la repetición naturalizada de la experiencia; al intensificarla, revela su regularidad, expone el automatismo contenido en ella y permite reconocer como problemática una conducta que, mientras permanecía integrada al curso ordinario de los acontecimientos, apenas reclamaba nuestra atención.
El tiempo actúa, por ello, simultáneamente sobre la imagen y sobre quien la contempla. Puede desplazar lo registrado hacia configuraciones que exceden las circunstancias de su origen y puede también aislar aquello que, por exceso de familiaridad, había dejado de ser verdaderamente observado. En esa doble capacidad sitúo mi trabajo con el videoarte: transformar mediante el montaje las relaciones inscritas en lo acontecido y devolver a la percepción aquello que la habituación había vuelto imperceptible.
Tránsito
En Tránsito, los cuerpos parecen prolongarse más allá del lugar que ocupan: sus contornos se disuelven y el movimiento deja huellas que permanecen inscritas en la imagen. Esta inestabilidad visual convierte el desplazamiento en una reflexión sobre nuestra propia condición, pues cada existencia se configura a partir de aquello que ha atravesado y, a su vez, modifica cuanto encuentra a su paso. El presente aparece así cargado de relaciones y acontecimientos anteriores cuyos efectos persisten, incluso cuando su origen ya no puede reconocerse. Tránsito hace sensible esa continuidad invisible y sitúa al individuo dentro de una realidad compartida, donde ninguna vida termina exactamente en los límites de su propio cuerpo.
- Duración
- 6:44 min
- Formato
- Videoarte
- Montaje, Poesía y Voz
- AURA
En Tránsito, la imagen permanece en un estado de inestabilidad que afecta por igual a los cuerpos y a los espacios que atraviesan. Las figuras se prolongan, pierden definición y dejan halos luminosos que inscriben el movimiento en su propia apariencia; sus contornos fluctúan hasta confundirse parcialmente con aquello que las rodea, de manera que el desplazamiento permanece visible como una continuidad y el cuerpo parece contener, en una misma configuración, distintas instancias de su recorrido. Esta condición atraviesa toda la obra y sitúa la imagen en un presente que conserva aquello que acaba de acontecer mientras incorpora ya la modificación siguiente.
El título adquiere desde allí un sentido más amplio. Tránsito designa el recorrido de las personas y, simultáneamente, una condición de aquello que existe: cada cuerpo ocupa un lugar preciso, aunque esa localización resulta insuficiente para comprenderlo, porque su forma actual contiene las consecuencias de relaciones anteriores y permanece abierta a cuanto pueda intervenir en ella. Lo que somos en un momento determinado procede también de aquello que hemos atravesado; lugares, acontecimientos y encuentros continúan actuando después de haber concluido, incorporados a decisiones, conductas y modos de percibir cuya genealogía rara vez podemos reconstruir por completo. El presente posee, por ello, una profundidad temporal que la imagen vuelve sensible al conservar las huellas del movimiento dentro de aquello que todavía está ocurriendo.
Esta persistencia permite abordar una cuestión filosófica central en la obra: la existencia individual conserva su singularidad, aunque jamás se constituye en aislamiento. Vivir supone participar de una realidad compartida donde cada trayectoria entra continuamente en relación con circunstancias que la modifican y cuyas consecuencias pueden prolongarse mucho más allá del encuentro que las produjo. Aquello que afecta a un individuo pasa a formar parte de las condiciones desde las cuales actuará posteriormente y puede alcanzar, a través de sus acciones, otras trayectorias; una modificación se transmite entonces sin necesidad de que quienes participan en ella conozcan su procedencia, su recorrido completo o el alcance futuro de sus efectos. La realidad aparece constituida por una multiplicidad de intervenciones recíprocas cuya complejidad excede necesariamente la perspectiva de cualquiera de sus participantes.
Los halos y las disoluciones adquieren aquí una función precisa. Al impedir que el cuerpo coincida enteramente con un contorno estable, la imagen hace sensible la continuidad de aquello que lo ha afectado y de aquello sobre lo cual su paso ejercerá algún efecto. La figura conserva su singularidad, aunque visualmente se extiende más allá de la posición que ocupa; el espacio tampoco permanece indiferente, pues aparece atravesado por rastros, superposiciones y persistencias que testimonian el paso de otros cuerpos. La frontera visible de una forma deja así de coincidir con el alcance de su existencia: podemos determinar dónde se encuentra alguien en un instante concreto, pero esa localización jamás contiene la totalidad de las relaciones que lo constituyen ni las consecuencias que su intervención puede desencadenar.
Esta condición introduce una dificultad decisiva: habitamos un orden de relaciones cuya totalidad permanece inaccesible. Percibimos encuentros particulares, reconocemos algunas causalidades y advertimos ciertas coincidencias; sin embargo, cada acontecimiento participa de una cantidad de antecedentes y consecuencias que desbordan aquello que una conciencia individual puede abarcar. Las sincronías que atraviesan Tránsito pertenecen a este límite del conocimiento: nombran aquellas convergencias cuya realidad podemos constatar aun cuando desconocemos la extensión de las relaciones que las hicieron posibles. Lo inmaterial adquiere entonces un sentido concreto dentro de la obra, referido a todo aquello que interviene eficazmente en una existencia sin presentarse ante nosotros como una forma delimitada y directamente observable. Que una relación escape a nuestra percepción inmediata no significa que carezca de consecuencias.
Por esta razón, la disolución de la materialidad constituye una operación intelectual además de visual. La cámara registra cuerpos y lugares, pero las imágenes rehúsan fijarlos en la apariencia de entidades autosuficientes; las prolongaciones luminosas hacen coexistir posiciones sucesivas, los límites se contaminan y aquello que parecía pertenecer exclusivamente a una figura comienza a extenderse sobre el espacio compartido. La obra encuentra así una forma para abordar aquello que difícilmente podría ser representado de manera literal: la continuidad de las consecuencias, la persistencia de lo acontecido dentro del presente y la intervención constante de unas vidas sobre otras.
Tránsito lleva esta lógica hasta una afirmación sobre nuestra manera de existir. Cada vida avanza incorporando aquello que la ha afectado y, mediante su propio recorrido, introduce modificaciones que continuarán actuando fuera del alcance de su conciencia. Somos autores parciales de consecuencias que desconocemos y resultado parcial de acontecimientos cuya procedencia quizá nunca lleguemos a comprender. Transitar significa entonces participar de una realidad que nos excede, donde ninguna existencia puede reducirse a sus límites visibles porque cada cuerpo lleva consigo algo de aquello que ha atravesado y deja, en su paso, condiciones que otros habrán de atravesar.
Correspondencias. Existencia Temporal.
Monotón
Monotón aborda una forma de existencia propia del presente acelerado, sometido a una sucesión incesante de imágenes, sonidos, palabras y acontecimientos que reclaman atención, mientras rápidamente son desplazados por otros. La repetición erosiona progresivamente la singularidad de los individuos, la saturación no deja tiempo para la elaboración de sentido, el automatismo gobierna nuestro comportamiento, la existecia se mecaniza, Monotón revela la maquinaria invisible del capitalismo, una estructura que produce novedad incesante mientras nos mantiene atrapados en un ciclo de consumo, descarte y reemplazo;cuya continuidad exige, como contrapartida, una forma de estupidez estructural que debilita la capacidad de discernimiento.
- Duración:
- 1:41 min
- Formato:
- Videoarte
- Fotografías, Montaje y Música:
- AURA
Monotón aborda la monotonía como una forma específica del tiempo social contemporáneo, determinada por la acumulación y la sustitución incesante de estímulos dentro de estructuras que permanecen esencialmente estables. El presente aparece colmado de acontecimientos cuya duración se acorta a medida que aumenta su frecuencia: imágenes, informaciones y signos reclaman nuestra atención durante unos instantes y desaparecen antes de adquirir suficiente espesor para inscribirse plenamente en la memoria. La velocidad produce entonces una percepción continua de novedad, aunque aquello que organiza nuestra relación con lo que vemos y escuchamos persista bajo formas recurrentes. Desde esta contradicción se articula la obra, haciendo de la repetición el principio que enlaza imagen, cuerpo, temporalidad y sonido.
Las figuras humanas que atraviesan el video carecen de rasgos capaces de restituirles una individualidad precisa. Reducidas visualmente a cuerpos oscuros, aparecen dentro de espacios fragmentados y vuelven una y otra vez a configuraciones semejantes; avanzan, desaparecen, reaparecen, repiten movimientos cuya reiteración modifica gradualmente nuestra percepción del gesto. Aquello que en un primer momento puede reconocerse como una acción particular comienza a adquirir la regularidad de una conducta automática, pues cada retorno disminuye su excepcionalidad y hace visible el patrón que la contiene. El movimiento persiste, aunque su reiteración impide identificar con claridad un cambio proporcional al desplazamiento de los cuerpos: se avanza dentro de una organización que los devuelve constantemente a una condición ya conocida.
Esa recurrencia permite pensar el automatismo contemporáneo desde el interior mismo de la forma. La repetición deja de ser un tema añadido a las imágenes y pasa a gobernar su comportamiento; por ello, la obra no necesita representar literalmente los mecanismos sociales que interroga, ya que los hace actuar sobre nuestra percepción. La figura vuelve, la secuencia insiste, el encuadre fragmenta y el tiempo continúa. Poco a poco, la diferencia entre una aparición y la siguiente pierde intensidad, hasta que la continuidad del movimiento comienza a revelar una forma de inmovilidad más profunda: el cuerpo puede desplazarse constantemente sin conseguir abandonar la estructura que determina su recorrido.
La inmediatez encuentra allí su correspondencia temporal. Cada acontecimiento promete interrumpir momentáneamente lo anterior y, sin embargo, su rápida sustitución termina incorporándolo a una secuencia cuyo funcionamiento depende precisamente de esa caducidad. Ver una imagen, recibir una información, abandonarla cuando aparece la siguiente y reiniciar el proceso constituye una conducta que puede repetirse indefinidamente aunque el contenido cambie. La novedad participa así de una maquinaria temporal que necesita producir diferencias de manera continua para conservar intacto su funcionamiento; cuanto más breve se vuelve la permanencia de cada estímulo, mayor es la presión ejercida sobre la atención y menor el intervalo disponible para elaborar aquello que acaba de suceder. La monotonía adquiere entonces una condición paradójica: puede surgir en medio de una profusión extrema de acontecimientos, precisamente porque la reiteración ya no reside necesariamente en aquello que aparece, sino en la forma en que somos llevados a relacionarnos con lo que aparece.
El tratamiento sonoro radicaliza esta condición y la vuelve corporal. La música, compuesta por AURA específicamente para Monotón, se sostiene sobre estructuras deliberadamente repetitivas cuya insistencia adquiere por momentos una intensidad casi ensordecedora. El sonido retorna antes de que la escucha consiga desprenderse de él y, conforme esa recurrencia se prolonga, el ritmo comienza a ejercer una presión física: ocupa el espacio auditivo, reduce los intervalos de reposo y obliga al oído a permanecer dentro de una continuidad que parece renovarse mientras reproduce su propio mecanismo. La repetición sonora comparte así la temporalidad de las imágenes y la intensifica, porque aquello que el ojo todavía puede observar a cierta distancia alcanza al cuerpo a través del sonido.
Dentro de esa acumulación aparece una voz humana que recita un poema cuya grabación ha sido invertida. El lenguaje conserva su materialidad —respiración, articulación, inflexión, cadencia—, aunque la inversión altera el orden que permitiría comprenderlo. Sabemos que alguien habla; incluso podemos reconocer la forma de una enunciación, pero las palabras han dejado de entregarse como unidades inmediatamente inteligibles y llegan convertidas en una materia vocal extraña. El poema existe íntegramente dentro de la obra y, al mismo tiempo, permanece inaccesible para quien intenta escucharlo conforme a las convenciones ordinarias del lenguaje.
La inversión de la voz introduce así un problema que excede la ilegibilidad del poema y alcanza una de las condiciones centrales de la obra: recibir información no equivale a comprenderla. La sociedad de la inmediatez incrementa de manera extraordinaria la cantidad de signos disponibles y acelera su circulación, aunque esa abundancia puede reducir el tiempo necesario para establecer relaciones, discriminar lo significativo o producir una comprensión duradera. Monotón lleva esa dificultad al campo sensible. La voz transmite y el significado se sustrae; la música insiste hasta aproximarse a la saturación; las figuras continúan desplazándose dentro de un espacio que las recorta y reorganiza. El espectador recibe continuamente algo y, sin embargo, la acumulación comienza a obstaculizar la inteligibilidad de aquello que recibe.
Por ello, el caos que emerge en la pieza posee una estructura precisa. Se produce mediante acumulación, recurrencia y progresiva pérdida de diferenciación; cuanto más insisten los elementos, más difícil resulta establecer una jerarquía estable entre ellos. La música invade la escucha, la voz reclama una comprensión que su propia inversión vuelve imposible y las imágenes continúan sucediéndose bajo una lógica visual que devuelve los cuerpos a configuraciones conocidas. La saturación termina generando opacidad porque la abundancia de estímulos deja cada vez menos espacio para separarlos, demorarse en ellos y reconocer sus diferencias.
La monotonía adquiere entonces en Monotón una condición inquietante, muy distante del simple aburrimiento. Pertenece a un presente acelerado que solicita atención de manera permanente y, al hacerlo, debilita la posibilidad de detenerse el tiempo suficiente para comprender aquello que acaba de irrumpir. La repetición puede esconderse detrás de la novedad, así como la incomunicación puede instalarse dentro de una circulación incesante de palabras e imágenes. El automatismo surge precisamente cuando esta sucesión se naturaliza y cada gesto conduce al siguiente antes de que exista un intervalo desde el cual advertir el mecanismo que los enlaza.
Las figuras continúan avanzando; la imagen cambia, la música persevera y una voz sigue pronunciando palabras que ya no podemos comprender. Todo circula. Todo acontece. Y, bajo esa agitación, algo permanece obstinadamente idéntico: la estructura que obliga a comenzar otra vez.